Quien soy

 

Nací en Algodonales en un precioso pueblecito de la serranía de Cádiz, el día 16 de Septiembre de 1.935. A los 17 años de edad tuve un contagio de tuberculosis en el pulmón izquierdo ocasionado por algunos besos que le di a una chica que estaba enferma, siendo yo ignorante de su situación de enfermedad, de la cual me enteré después. El médico me ordenó reposo absoluto durante un año en cama. Esta preciosa causalidad fue la que el Señor usó para tener un precioso y hermoso encuentro con El.

 

Vinieron a mis manos unos evangelios sueltos, “que no se con certeza si eran católicos o evangélicos” por conducto de una viejecita muy amiga nuestra, y también un libro titulado; El joven cristiano, que este si era católico. Entre la lectura de los evangelios y la de este libro, que los  pude leer  muy detenidamente, puesto que tenía un año de tiempo. El Señor habló a mi vida de una forma muy especial que jamás podré olvidar.

 

A pesar de que mi madre nos tenía enseñados en el cristianismo católico, y por lo tanto hicimos la primera comunión y también la confirmación de una forma tradicional. Esto no impactó en mi vida de adolescente, aunque había algo en mi interior de sed de Dios.

Pues con esta sed, empecé a beber un poquito de agua de este manantial de vida que es nuestro amado Salvador. Mi vida quedó tan impactada de este encuentro, que cuando salí de la enfermedad, de la cual quedé completamente curado, mis amigos me decían; ¿Qué es lo que te ha pasado? Yo le contestaba que ahora creía en Cristo y no quería pecar. Cuando estaba en la cama le pedí perdón al Señor de toda mi vida de pecado hasta con los más mínimos detalles, y esto, con un gran llanto de arrepentimiento y remordimiento por haber pecado contra el Señor. El Señor había puesto una buena disposición en mi mente para no ir más a lugares de pecado y de inmoralidad, y otras cosas contrarias a su voluntad. Fue una conversión genuina y total, pero no tenía un conocimiento profundo de su Palabra. Yo no tenía conocimiento de las diferencias de enseñanza que pudiera haber en las diferentes iglesias. Y en mi ignorancia me presente al sacerdote del pueblo de Camas donde nos trasladamos desde Algodonales a los 14 años de edad. Yo le comenté mi encuentro con el Señor, y le pregunté que podría hacer para agradar al máximo al Señor. El me contestó que fuera a misa todos los días, pues en esta se ofrecía el cuerpo y la sangre de Jesucristo realmente, y por lo tanto era lo más grande que podía hacer y ofrecer a Dios. Además que confesara una vez al mes  y que comulgara a diario, y así recibía a Cristo. También que rezara el rosario todos los días.

 

Ahora viene a mi mente, que en una ocasión rezábamos el rosario de la aurora por las calles de Camas, y al pasar por el Barrio de la Fuente, dijo el sacerdote en alta voz; rezar fuerte para que salgan los demonios de aquí; refiriéndose a la Iglesia Protestante. Esto,  quedó grabado en mi mente. Con mucha ignorancia y con el máximo de honestidad por mi parte, estuve practicando escrupulosamente durante unos 13 años todo lo que el sacerdote Dn. Juan me dijo. A los 21  años de edad efectuando el servicio militar en Morón de la Frontera tuve el segundo encuentro en el orden de prioridades, conociendo a la que es hoy mi muy querida esposa y madre de cinco preciosos hijos y cinco nietos en la actualidad. A ella, durante el noviazgo le comuniqué mis ideales cristianos, los cuales aceptó muy gustosamente. Y de común acuerdo hubo un respeto mutuo entre los dos, practicando  las enseñanzas del catolicismo de buena fe.

 

Cuando nos casamos nos trasladamos a la calle Clavija del barrio San Lorenzo de Sevilla, y asistíamos a los servicios religiosos de la Iglesia de San Lorenzo, en la cual fueron bautizados tres de nuestros cinco hijos, pues los otros dos no lo fueron porque tuvimos conocimiento por la Palabra de que no era lo correcto. Anterior a esto, fuimos invitados a realizar unos cursillos de cristiandad de la iglesia católica en el Monumento del Sagrado Corazón de Jesús de San Juan de Aznalfarache  por Dn. Manuel Rojo Cabrera amigo nuestro, y que ejercía de Abogado en la calle Santa Clara. Este cursillo fue de tres días intensivos. Lo que más se enfatizaba en estas enseñanzas era el hacer muchas obras buenas, y hacer sacrificios corporales a favor de otras personas. En este cursillo nos hicieron un regalo, que para mí y mi esposa fue el más preciado y hermoso de todo lo que allí se nos dio, pues nos entregaron un Nuevo Testamento de Nácar y Colunga. Esta preciosa joya de la Palabra de Dios fue y sigue siendo nuestra antorcha en lugar oscuro. A partir de su lectura empecé a recordar aquellos evangelios sueltos que había leído durante mi enfermedad en la cama. Luego me hice de una Biblia completa También de los traductores Nácar y Colunga. Cada día estudiaba con profundidad y muy asiduamente toda la Palabra. Como es de esperar empezaron mis dudas de las enseñanzas recibidas por la iglesia católica al compararlas con la Biblia. Lo primero que me di cuenta fue que no coincidían Los Diez Mandamientos de la Biblia con los del catecismo católico romano. Sin pensarlo dos veces, cogí la Biblia y el catecismo y me personé en el Palacio Arzobispal y hablé con el vicario de enseñanza  exponiéndole lo que dice Apocalipsis 22:19, de que no se puede ni añadir ni quitar. ¿Cómo es posible que la iglesia en  la que yo y mi esposa habíamos depositado toda nuestra confianza se halla atrevido a adulterar en el catecismo lo que la Palabra de Dios dice, ocultando por completo el segundo mandamiento de la Biblia? Este segundo mandamiento de la Biblia se encuentra en Éxodo capítulo 20, versos del 3 al 6. A pesar de que es uno de los mandamientos más largos han tenido la osadía de omitirlo totalmente. Y aún hoy en día mantienen este engaño al pueblo sincero, pero ignorante por su culpa.  Como es de razón, al quitar el segundo deberían de haber nueve en el catecismo, y para que la gente no aprecie ese detalle, el décimo de la Biblia lo dividen en dos partes en el catecismo, apareciendo diez, falsamente y premeditadamente. Esta falsa me puso en guardia permanente, y seguí estudiando otros temas doctrinales como el mal llamado sacrificio de Cristo durante la misa, según me dijo el sacerdote de Camas en mis principios de convertido. Estudiando la epístola a los Hebreos en su capítulo 9, versos del 23 al 28, y capítulo 10, versos del 1, al 18, entendí que el sacrificio de Cristo fue ofrecido  una sola vez y para siempre para quitar de en medio el pecado. Y que donde hay remisión de pecados ya no hay más ofrenda por el pecado. Y otro que dice, que con un solo sacrificio hizo perfecto para siempre a los santificados. Y esto se refiere a todos los que nos hemos arrepentido y hemos cambiado de vida; y yo era uno de ellos. También leí, que donde no hay derramamiento de sangre no hay remisión de pecados, y por lo tanto en la misa no sucede tal cosa. El sacrificio de Cristo, entendí  que era único y perfecto, y por lo tanto no se puede repetir. Había que recordarlo con las especies de pan y vino como nos mandó Jesús. Cuando leí que somos templos del Espíritu Santo el cual mora en nosotros quedé sorprendidísimo de alegría, al entender que Dios moraba en mí. Luego entonces, ¿Qué sentido tenía el que recibiéramos la eucaristía si Cristo ya moraba en nosotros? Aún más; estudié en su Palabra que Dios no mora en templos hechos por manos de hombres. Y me preguntaba; ¿Quién ha hecho los sagrarios de todas las iglesias en los cuales nos decían que moraba Cristo? Fueron hombres de carne y hueso como nosotros. De nuevo me persono en el Palacio Arzobispal para dilucidar doctrinas de tan vital importancia bíblica, con la decisión total, de que si no había unas repuestas adecuadas y concordantes con la Biblia, me iría definitivamente de la iglesia católica. Durante este proceso de investigación expuesta, me encontraba trabajando con Antonio Cruz, un empresario de caballos de toro de lidia  en Sevilla. Estuve con este señor unos 11 años, y me despidió porque le pedí vacaciones anuales solo una vez durante todo el tiempo que estuve con el, y me las negó. Me sentó tan mal, que las cogí por mi cuenta, y cuando volví de ellas me encontré una carta de despido. Que por supuesto fue ilegal y me tuvo que indemnizar. A los dos días de despedido solicitaron mi servicio de conductor particular una familia muy reconocida de Sevilla, como lo es la familia Borrero Hortal, al saber que yo era de comunión diaria y un buen católico. Yo era el hombre de confianza de esta familia, hasta tal punto que comía en  casa de la señorita de la cual yo era su conductor. Se iba a veranear a San Sebastián, y lo hacíamos solos, ella, su ama de compañía, y yo. Esto lo vine haciendo los dos años que estuve a su servicio. Durante el trayecto de los viajes que hacíamos rezábamos con frecuencia el rosario con una preciosa armonía entre los tres. Se portaba con migo de una forma edificante, y que sigo agradeciendo hasta el presente. En una de las tantas ocasiones que rezábamos el rosario, yo no respondía a los rezos, y me preguntó si estaba enfermo, y le contesté que no. Le dije con detalles, los estudios que había hecho de la Biblia, y a las conclusiones que había llegado de apartarme de la iglesia católica. Y que si en vez de perder el tiempo rezando el rosario,  se leyera la Biblia, hoy habría más cristianos. Tanto la señorita Amparo, como el ama de compañía, se quedaron sorprendidas con mi repuesta, sabiendo y conociendo en profundidad como yo era. Me hacían preguntas de todo tipo, a las cuales les contestaba con citas de la Biblia. Les dije que un cristiano no debe de ser hipócrita, y que si antes rezaba el rosario en compañía de ellas era porque así lo venía haciendo durante trece años, pero que ahora no lo hago porque tengo la seguridad absoluta de que ese tipo de rezo no es la voluntad de Dios reflejada en su Palabra, y que por lo tanto ahora obedecería a Cristo, el cual nos dice que pidamos al Padre en su nombre. Mis repuestas no fueron mal acogidas por ellas, incluso observé inquietudes por su parte. Al pasar unos dos meses, me cita en la oficina el hermano de la señorita Amparo, y me dice literalmente que voy a volver loca a su hermana con mi actitud del cambio tan brusco por mi parte, y que a esto había que darle una solución. A lo que yo le puse al día, comentándole que llevaba unos dos años de estudios bíblicos para determinar que debería hacer, y que no quise decir nada antes, hasta no estar seguro plenamente de lo que hacía, y que por lo tanto mi decisión de salir del catolicismo no fue tan brusca como el creía. Este hombre antes de tomar decisiones a la ligera explotó un último cartucho, dándome una tarjeta de visita suya con una nota para un sacerdote jesuita amigo de la familia, creyendo que podría convencerme de mi  actitud. De inmediato me presenté a este sacerdote,  y comenzamos una charla que duró unas tres horas. Tuve la oportunidad de darle repuestas bíblicas a todo lo que me preguntaba y además exponerle con detalle todos los temas doctrinales de la iglesia católica de los cuales yo no estaba de acuerdo. Al final de este tiempo de conversación me comunica que era doctor en Teología, y que le sorprendía el conocimiento que yo tenía de la Palabra de Dios y la fe que depositaba en esta. Diciéndome que le gustaría ver a muchos hombres con la disposición que yo ponía en las cosas del Señor, y que por lo tanto siguiera mi camino. Pudiera parecer que lo dicho es presunción por mi parte, pero esas fueron sus palabras. Acto seguido, me persono en la oficina para comentarle a Dn. Francisco hermano de señorita Amparo la charla con el Teólogo. Este me recibe con una sonrisa muy abierta y me preguntó que como se me había dado. De tal forma me hace la pregunta que se reflejaba en su rostro la creencia de que el Teólogo me había convencido de lo contrario. Cuando le trasmití literalmente la repuesta de este se quedó enmudecido. A los cuantos días me cita de nuevo y me dice que esto no puede seguir así, que me tengo que ir de la casa. Yo le contesté que no me iba, puesto que nada malo había hecho, y que si por mi cambio de iglesia quería prescindir de mis servicios con su hermana, que me despidiera y me indemnizara, y que además me tendría que dar un certificado de buena conducta para presentarlo donde me fuere necesario. Y así se vio obligado a hacerlo. En este  testimonio mío, sería ingrato por mi parte no mencionar a mis queridísimos hermanos, Pedro Navarro y su esposa Isabel, que eran evangélicos y vivían en San Juan del Puerto provincia de Huelva. Este pueblo lo frecuentaba yo casi todas las semanas al estar trabajando con anterioridad a la señorita Amparo con Antonio Cruz, el que me despidió que tenía una finca agrícola en el mismo. En este pueblo me hice de buenos amigos y conocían mis creencias como católico en aquellos momentos. Estos amigos me dijeron que allí vivían unos protestantes y que si era capaz de hablar con ellos. A lo que le conteste, que si ellos creían en Cristo igual que yo no era motivo para rechazarlos. Yo, siempre he sido y sigo siendo,  muy abierto a escudriñarlo todo y retener aquello que sea positivo. Por lo tanto me personé en el domicilio de este querido matrimonio y llamando a su puerta se sorprendieron de mi presencia, puesto que no me conocían de nada. Me preguntaron que quería, y les dije que me habían dicho que eran protestantes y deseaba hablar con ellos. Me abrieron sus puertas de par en par, y con un agrado, delicadeza y amor, que a mi me cautivó. En estos momentos añoro su compañía y su amabilidad. A partir de entonces estaba deseando de ir a San Juan del Puerto para debatir con ellos sobre la Palabra de Dios para atraerlos a la iglesia católica. Esta situación de investigación y por lo tanto de debate amistoso lo mantuvimos casi dos años. Entonces Pedro Navarro viendo lo duro que yo era y como buscaba mis defensas, me propuso no discutir más sobre cuestiones doctrinales, solo que leyéramos la Biblia y oráramos juntos. Yo accedí a su petición, y así lo venimos haciendo por un tiempo. Tampoco quiero dejar fuera en este mi testimonio a nuestro querido hermano Santos García, que con sus grandes conocimientos de la Palabra,  y al mismo tiempo,  su cautivadora humildad y delicadeza, impactaron en mi vida de una forma muy especial. Ahora este hermano está gozando en la presencia de nuestro gran Dios y Salvador, del cual habló y enseñó a muchas personas, entre las cuales me encuentro yo. Al final caí de mi cabalgadura, y hubo un gran vencedor  en todos estos debates, Cristo el Señor: Cuando nos promete: Pedid, y se os dará; buscad y hallareis; llamad y se os abrirá. Que para El sea la Gloria y el Honor por la eternidad.

 

Esta, ha venido siendo mi fórmula, y seguirá siendo; escudriñarlo todo y retener lo que haya de positivo en cualquier confesión religiosa que esté en concordancia con las Sagradas Escrituras.

 

Cuando mi convicción fue total, y di el paso definitivo, estaba trabajando con la señorita Amparo como he mencionado con anterioridad.” Pues lo he relatado sin tener  en cuenta el orden de los acontecimientos” Rápido se lo comunique a Pedro Navarro y familia, los que estaban en San Juan del Puerto. La alegría y el gozo fueron totales y mutuos. Acto seguido me aconsejó que fuera a una iglesia evangélica de Asamblea de Hermanos que se encontraba en calle Prosperidad del barrio de Triana, donde pastoreaban Benjamín Martínez, al cual mi familia y yo le debemos nuestro principal crecimiento espiritual. También estaban con el, Federico Llobregat y Manolo Caballero que ya están gozando en la presencia del Señor, de los cuales recibimos grandes lecciones en general. He cumplido 70 años y seguimos en la misma iglesia, siendo pastoreada por Enrique Mier y Juan Bargueño yerno mío.

 

En la iglesia católica de San Lorenzo, que yo frecuentaba con mi familia, se formó un buen revuelo cuando les informé que me iba para no volver más. Teníamos una buena relación con varios sacerdotes y un buen número de feligreses. Nuestra actitud de cambio a pesar de los años que allí estuvimos, impactó en algunos de ellos, y uno de los sacerdotes para quitar importancia a nuestra decisión, comentaba entre estos que yo no estaba bien de la cabeza, y que no me echaran cuentas. Cuando llegó esto a mis oídos decidí ir a un Siquiatra voluntariamente, para que me examinara como el viera oportuno, porque estaba en juego la verdad del Evangelio. Le informé al doctor los motivos por los cuales me ofrecía voluntariamente a su examen psiquiátrico. Este empezó de una forma muy sutil su trabajo, pero al mismo tiempo sorprendido de mi decisión. Estuve yendo a su consulta varios días. Recuerdo que me enseñaba varias formas de dibujos y me preguntaba que me parecía aquello. También me sacaba conversaciones muy variadas de diferentes temas de los cuales salí ileso según el certificado que me extendió al finalizar sus estudios sobre mi personalidad síquica. Este siquiatra se llamaba Dn. Jesús Vargas y tenía la consulta en la calle Asunción de los Remedios. Como es lógico, el fue una de mis primeras oportunidades para hablarle de Cristo. El certificado que me extendió fue extremadamente satisfactorio, exaltando mis conocimientos generales, al no estar en armonía con el medio cultural en el que yo me movía y fui educado. Con este certificado en mano, me fui a la iglesia de San Lorenzo y llamé a la puerta del despacho del párroco, y cuando me preguntó quien era, le contesté; tenga usted  cuidado que soy Pedro el loco. Jamás este hombre pensaría lo que fui capaz de hacer, para que mis defensas doctrinales basadas en la Palabra de Dios no fueran ridiculizadas por su calumnia. Cuando leyó el certificado sus nervios le estaban traicionando y no sabía que decir. Este acontecimiento lo extendí por la Parroquia para que se supiera la verdad sobre mi persona.

 

Como es de esperar por un cristiano, perdoné de todo corazón a este sacerdote, como también al que me despidió en primer lugar, Antonio Cruz, y al hermano de la señorita Amparo, orando por ellos con toda sinceridad. No se cerraron mis puertas por este segundo despido, siendo el primero como dije, Antonio Cruz, el que tenía la finca en San Juan del Puerto. Como fueron despidos ilegales me tuvieron que indemnizar. Con ese dinerito me compré una furgoneta y me puse a trabajar como transportista en la firma de Dragados y Construcciones. Al cabo de pocos años el Señor me bendijo con varios camiones de gran tonelaje. Aquí se cumple lo dicho en su Palabra: A los que a Dios aman todo les ayuda para bien.

 

Pasaron muchas más cosas en nuestras vidas a partir de esto. Tuvimos problemas con varios familiares por las dos partes, pero no quiero entrar en detalles para no alargar más este testimonio. Lo que no puedo dejar de decir, es que las bendiciones del Señor han sido muchas y grandes, tanto en el terreno espiritual como en el material.

 

La más importante de todas, la conversión de nuestros cinco hijos: Y por si fuera poco, todos sirviendo al Señor con los dones por Él recibidos. Mi padre y mis dos hermanas también se convirtieron, y muchos más familiares y otras  personas, de entre las cuales se encuentra uno que ya es Pastor de una Iglesia en Sevilla. Y todo por  usarnos el Señor para gloria exclusivamente suya. También el Señor me usó durante unos 13 años ministrando la Palabra en las prisiones de Sevilla. Solo somos instrumentos en sus manos como canales de sus bendiciones. Jamás debemos de gloriarnos por lo que hacemos; por lo tanto toda la gloria sea para Él. Solo le doy gracias por usarme.

     

Solo me resta decir con gran gozo y agradecimiento, que en nuestra familia se han cumplido fielmente las siguientes promesas  reflejadas en su Palabra. Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo tú y tu casa; Hch.16: 31. Más buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas, Mt. 6: 33. Nuestras añadiduras también han sido colmadas. QUE PARA EL SEA LA GLORIA.